QUIENES APRENDEN

Educandos, alumnos, escolares, estudiantes…; carece de relevancia el rótulo, en tanto y en cuanto, no reconozcamos qué representa cada una de estas denominaciones.

La evolución se produce, fatalmente, y en total libertad de los intentos que por detenerla o apenas demorarla se realicen. Así debe ser, como última garantía del mejor crecimiento de los integrantes de la especie humana, y bueno es que nos anoticiemos, a la brevedad posible, de la inutilidad de los esfuerzos, algunas veces patéticos, otras casi criminales, que puedan intentarse al respecto.

Quienes reciben la enseñanza, ya no son seres pasivos; se han convertido en cuestionadores, contestatarios, interrogadores que, no pocas veces, ocupan el espacio cedido por la mediocridad del supuesto educador, quien sucumbiendo a la tentación de repetir como letanía los mismos conceptos, año tras año, se ha bajado del tiempo, del progreso, de la actualización, y se ha refugiado en la burbuja de sus primeros saberes; sólo la reiteración de los mismos le permite transmitir una fachada, apenas, de superioridad intelectual.

De ser esto detectado por quienes, supuestamente, nada tienen para cuestionarle, generará un creciente alud de planteos, preguntas y opiniones, difíciles de responder por quien sólo encuentra seguridad en la altura de una tarima o en la trinchera de un escritorio.

Los antídotos ante esta irreverencia, ante el improcedente desafío a la autoridad formal, dolorosamente lejos de la natural aceptación al mayor saber, no son, por conocidos, menos vergonzantes.

Sanciones, exámenes sorpresivos, cuestionarios abiertamente capciosos, criterios de evaluación en los cuales el ítem “concepto” es blandido como espada justiciera contra el osado de turno. La complicidad del sistema garantiza el seguro escarmiento.

El docente es  el poseedor de la razón, y difícilmente alguien logre demostrar lo contrario sin sufrir las consecuencias de la no renovación de la matrícula en ese colegio, a más de serias dificultades para conseguir otro establecimiento donde insertarse, gracias al eficiente sistema de comunicación que, para estos casos, funciona acertadamente.

Pero siguen evolucionando. Atrás ha quedado el respeto a los años por sí mismos: la experiencia se llama antigüedad, la serenidad es inseguridad o, peor aún, miedo; la paciencia es debilidad o estupidez; la severidad es prepotencia y desafío, que ciertamente están dispuestos a aceptar.

En todas estas actitudes, reflejan sus modelos:

- Los familiares, que desgraciadamente y con frecuente razón, desvalorizan al docente en las esporádicas charlas de entrecasa.

- Los sociales, que permanente preconizan la superioridad de la astucia sobre la inteligencia, de la mentira sobre el juego limpio, de la fuerza sobre la razón, de la capacidad para adaptarse a la selva real por la que transitarán toda la vida, en lugar de prepararse para transformarla en un mejor lugar para vivir.

Y siguen evolucionando. Beben, se embriagan habitualmente; las drogas y la pornografía los rondan desde temprano, cuando aún no comprenden de qué se trata. Interfieren las comunicaciones escritas entre padres y colegio, ya sea para falsificar una firma que da por notificada una mala nota, o para transformar esta misma nota en una mejor.

Fraguan autorizaciones para retirarse más temprano o para justificar el incumplimiento de una tarea. Crean y recrean métodos y estrategias para reemplazar los conocimientos no estudiados por la rapiña intelectual de la copia o por el burdo resumen que tienen al alcance de la mano, con sólo ingresar en la Web y recorrer los sitios que ofrecen la posibilidad de parecer saber lo que, en realidad, se ignora.

La diaria tarea del alumno se ha convertido en la diaria supervivencia que, ejercida día a día, se transforma en la rutina de ser estudiante sin estudiar y de transgredir sin consecuencias. La escuela es un espacio de juego y liberación; la tarea de aprender es una molestia a evadir y los eventuales momentos en que, acorralados por las consecuencias de esta actitud, deben afrontar sus carencias, los encuentra imposibilitados de remontar la adversidad por carecer de los conocimientos, de la forma de incorporarlos y de la actitud de aplicación al estudio, que les es ajena, desagradable y amenazante.

No para su futuro, al que no consideran, sino por la eventual pérdida de alguno de sus valores más preciados, como permisos de salida, los últimos adelantos tecnológicos de juego a su disposición o cualquier otra prerrogativa de solaz que reciben sin méritos que las justifiquen y ocupan casi todo el tiempo de sus vidas.

Los padres temen a sus hijos, temen sus reacciones, los chantajes afectivos, las conductas inmanejables, los reproches justificados por la soledad en que se desarrollan. Por esta razón, la tolerancia es de una laxitud sorprendente; los límites impuestos en un momento de ira, prontamente se negocian, o simplemente se indultan, en una demagógica actitud que busca más el perdón que la enseñanza de vida.

Los padres no comparten la tarea de aprendizaje con sus hijos, en algunos casos, por la imposibilidad intelectual de acercarse a saberes complejos para sus conocimientos; y en una lamentable mayoría, por comodidad, simplemente por no estar dispuestos a “desperdiciar” tiempo de sus actividades laborales o sociales en esta cotidiana forma de acercamiento, en este inapreciable momento de compartir una tarea en común.

Y en esta realidad, se comprende la genuina sorpresa de estos padres al enterarse, por lo general muy tarde, de la verdadera situación que atraviesa su hijo en la actividad escolar. La consecuente reacción será más de lo mismo. Aceptarán que el docente, o la escuela en general, es la primera responsable del fracaso; excusarán a sus hijos de protagonismo alguno en el desastre; aplicarán todas sus energías en rodearlo de maestros particulares que les arrojen el puntual salvavidas que para el puntual examen precisan; volviendo de inmediato a ocuparse de sus personales cuestiones, convencidos de que se obrará el milagro de superar el examen, aprobar el trimestre o pasar de año, únicos fines importantes en esta peculiar percepción de la tarea de estudiar.