Pigsi Protocolo de Intervención Global y Simultánea

CARME PAU - JULIO ALTOMONTE

DESPATX PEDAGÒGIC MULTIDISCIPLINARI

  
  

COMO ENSEÑAN

La falta de una metodología coherente que establezca directrices básicas y deje libertad al vuelo creativo de la vocación docente, ha dado lugar a una situación anárquica de marchas y contramarchas, planes y modificaciones sólo cosméticas, en períodos de tiempo que son segundos en términos de educación.

Todo este proceso se cumple en el cauce de un aparato burocrático de enormes dimensiones, como veremos más adelante, que paradójicamente, parece ser lo único permanente e inamovible en los organismos educativos. La estructura férreamente verticalista permite que los docentes sean, con el correr de los años, directores de establecimientos; más tarde, inspectores zonales y, finalmente, autoridades centrales.

Los requisitos para recorrer esta escala se reducen a mantenerse dentro del cauce burocrático preestablecido, acumular los años de ejercicio necesarios y obtener el puntaje que se solicita. Para esto último, se dictan cursos de formación para los diferentes grados, que se aprueban fácilmente, con el “fundamental” requisito de cumplir la asistencia a los mismos.

Este sistema fuertemente corporativo asegura, a quienes están dentro de él, la ventaja de un régimen laboral plagado de privilegios y ventajas, conocido en algunas provincias como Estatuto del Docente, que analizaremos en otro capítulo, y que  ha dado sobradas muestras de solidez, resistiendo exitosamente tibios intentos de desmantelarlo.

Nuestros planes educativos, a todo nivel, se encuentran fatalmente cautivos del devenir político; por lo tanto, la inconstancia en la aplicación a largo plazo de planes coherentes, es la realidad palpable. Los funcionarios de carrera en organismos educativos han adquirido la habilidad de adaptarse inmediatamente a la tendencia política en vigencia, cambiando contenidos, cargas horarias, denominaciones de materias o ciclos de educación, pero manteniendo, en la esencia, la misma mediocridad e improvisación, la que ya muestra descarnadamente los resultados de su permanencia en el tiempo.

Los frecuentes paros docentes, las ausencias a veces ridículamente prolongadas de los educadores a clases, las largas horas libres de absurdo ocio, no hacen más que alimentar la actitud contestataria de los alumnos hacia los docentes, en particular, y hacia la escuela, en general.

Recrear el adecuado ambiente para la concreción del proceso de enseñanza - aprendizaje se está convirtiendo, año a año, en un crítico problema que suma dificultades a las ya existentes. Es que el indispensable ámbito de orden formal y la relación docente-alumno se agravan permanentemente, alcanzando grados de violencia  y cuestionamiento impensables hace una década.

- El docente colabora con burdas medidas que, lejos de resolver el problema, sólo alimentan la falta de respeto y cuestionamiento en el alumno. La imposición de “tareas extra” como castigo a faltas disciplinarias y las  bajas calificaciones por inconducta en clase, demuestran claramente el absurdo mensaje: las tareas y las calificaciones se transforman en elementos de castigo. Nada más alejado del verdadero fin de éstas: las tareas son para practicar o demostrar conocimientos adquiridos y las calificaciones resumen la opinión del docente sobre el saber del alumno. Ninguna de estas dos herramientas puede ser utilizada como elemento de coerción o castigo, sin generar resistencia o mala disposición, en el mejor de los casos.

- El alumno colabora con actitudes, generalmente colectivas, de desorden y distracción, que imposibilitan el necesario clima de trabajo. Rápidamente detecta y ejecuta aquellas acciones que, sabe, molestan especialmente al docente o a los compañeros, los menos, que desean prestar atención a la clase. Un falso sentido de compañerismo lo alienta en estas acciones que, cuando son ejecutadas en el anonimato, le aseguran la impunidad. Nadie delata al revoltoso, y quien se atreva a hacerlo se expondrá a duras represalias. Finalmente, se convence de que el silencio cómplice es la mejor actitud. Numerosos ejemplos en el mundo de los adultos le confirman esta acertada elección.

El buen alumno es representado con una imagen lamentablemente desvalorizada, reforzada por los modelos propuestos en la sociedad. Rechazado por el grueso del estudiantado, se lo representa tímido, introvertido, cobarde, de mal aspecto físico; sus lentes de lectura simbolizan la inteligencia que se supone sólo apta para el estudio; socialmente lejos de la mayoría que, apartada de la mediocre vida que él lleva, se entrega a los placeres y diversiones propias de una juventud sin proyectos ni horizontes más lejanos que la planificación de la  próxima fiesta o desorden, o de la pesada broma que, casi siempre, lo tiene como víctima. 

En los últimos años, asistimos, cada vez con mayor frecuencia, a  situaciones de extrema violencia física en un ámbito inimaginable para estos desbordes.

Docentes amenazados o agredidos directamente por alumnos, o padres de alumnos; actitudes extorsivas de alumnas que, confabuladas previamente, generan situaciones que les permiten presentarse como víctimas de supuestos acosos sexuales, que termina, seguramente, con la separación del docente, como mínima consecuencia.

Cierto es que la credibilidad prestada a estas acciones es directa consecuencia de otras previas, en las cuales alumnas y alumnos de diversas edades han sido genuinas víctimas de conductas aberrantes, las que, en más de una oportunidad, fueron protegidas por la actitud corporativa de quienes debían sancionarlas.

El compañerismo está siendo reemplazado por la complicidad.

El estudio está siendo reemplazado por numerosas y depuradas técnicas de copia.

El respeto está siendo reemplazado por la hipocresía aduladora.

Los valores morales están siendo reemplazados por la viveza y la especulación mezquina.

La riqueza intelectual está siendo reemplazada por la verborragia sin contenido y la actitud seductora o mendicante.

Al margen de la educación formal, abundante en horas y avara en contenidos y motivaciones, crece a ritmo desenfrenado la asistencia extraescolar, realizada por docentes que encuentran la manera de incrementar sus magros salarios procurando, en la saturación, producir un aprendizaje cada vez más urgente, el que sólo lleva en sí mismo, la necesidad de aprobar un examen o de salvar una materia.

Desde hace tiempo, el proceso de evaluación de los conocimientos asimilados ha dejado de ser la oportunidad para demostrar el aprovechamiento de la tarea realizada, para transformarse en un evento amenazante, y no por las consecuencias intelectuales de enterarse sobre las enseñanzas no incorporadas. La amenaza real y temida se refiere a las sanciones que padecerá el alumno, en forma de restricción de salidas o vacaciones, o la postergación en la entrega del premio material ambicionado. Ante esto, cualquier actitud, acción u omisión se justifica para evitar la consecuencia.

- La familia colabora con comentarios o actitudes desvalorizantes hacia la institución o los docentes, muchas veces justificadas, pero no por eso menos perjudiciales.

 - Colabora por omisión, ausente en mayor o menor grado en el proceso cotidiano de aprendizaje.

 - Colabora abiertamente en la realización de tareas, pocas veces pedida por el hijo, lo que se convierte casi siempre en tediosos monólogos temáticos que superan largamente las necesidades del alumno y que sólo dejan en evidencia la sideral distancia, en magnitud de conocimientos, que separa a padres e hijos. El bochorno de su ignorancia seguramente evitará que vuelva a pedir ayuda.

 - Colabora poniendo a disposición de su hijo, docentes extraescolares, ya sea por limitaciones intelectuales o por simples razones de comodidad personal.

 - Colabora en actitudes de verdadero encubrimiento ante la escuela por tareas no realizadas o por cuadernos de notas adulterados por el alumno, en calificaciones o firmas de los padres.

 - Colabora en la negativa a asistir al establecimiento cuando es citado; o haciéndolo con una actitud de hostilidad manifiesta hacia el docente o el colegio, o con la preventiva defensa anticipada de cualquier imputación que se le pudiera hacer a su hijo.

  • Colabora en el incumplimiento de amenazas de graves sanciones si sucede algo indeseado, que, si se produce, no recibe la contrapartida adecuada en forma, ni siquiera, de leve reprimenda.
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