Etapa de Educación Primaria (2)

Es en esta etapa en la que los  libros de texto adquieren protagonismo, poco tardaran los padres en darse cuenta que estos libros son poco utilizados, al recorrerlos detenidamente podremos percibir que cada vez hay menos texto y más ilustraciones. También es evidente que la impuesta necesidad de cambiarlos año a año nada tiene que ver con nuevos conocimientos a incorporar, se trata de simples cuestiones de mercado.

Así es que con diferente diagramación, pero sin variar contenidos, se “actualizan” textos, con la complicidad por acción u omisión de docentes y directivos, que deberían alertar a los padres sobre estas maniobras y facilitar la elección de textos usados que desaliente tal actitud mercantilistas por parte de las editoriales.

De todas formas y más allá del inútil gasto que deberán afrontar los padres en la compra de los mencionados textos, prontamente estos, serán sustituidos por brevísimas fotocopias facilitadas por el docente, donde se encuentran, pequeños párrafos, que definen elementales temas.

La tarea consiste en subrayar los conceptos más importantes, en el caso de este alumno que no comprende la mayoría de las palabras que lee, subrayara estas, suponiendo que si no las comprende “deben” ser importantes.

Para luego responder preguntas que guardan el mismo orden de las definiciones que las anteceden y formuladas de tal forma que prácticamente solo se debe buscar en el respectivo párrafo, la oración, a lo sumo dos líneas, que dan la respuesta.

Esta burda simplificación de lo que en realidad debería ser:

-La búsqueda en uno o más textos por parte del alumno, del tema propuesto.

-Luego de leer, comprender y cotejar información de más de una fuente, explicar, con sus propias palabras y redacción, los conceptos pedidos.

-Debatir e intercambiar opiniones sobre estos temas, a partir del conocimiento de los mismos y bajo la atenta coordinación del docente que estimula esta dinámica, aclarando oportunamente los conceptos confusos.

Esta burda simplificación, decía más arriba, es inevitable. Nuestro alumno no sabe leer, mucho menos comprender, ni resumir.

Tampoco debatir, el aprendizaje, ausente.

Los docentes que dan estas pseudo tareas, solo reconocen las reales limitaciones de sus alumnos, a quienes acercan material predigerido, renunciando a pedirles un esfuerzo intelectual, para el que saben que no están preparados.

En los dictados, naufraga entre numerosas y elementales faltas de ortografía, en las pruebas de lectura, ya ha intuido que solo leer con tono seguro y ritmo veloz, le aseguran una buena nota. En esta convicción renuncia definitivamente a comprender nada y corre sobre las palabras, muchas veces imagina y dice en su apuro, términos inexistentes. Poco importa, en breves minutos será premiado con la nota ansiada y el fin de la tortura.

La simple prueba de hacerle leer un texto cualquiera, de no más de 10 renglones e inmediatamente pedirle que nos relate con sus palabras lo que ha leído, nos asombrara, por la falta de relación entre lo que ha leído y lo que está diciendo, como padres intuimos esto, pero nos abstenemos de comprobarlo.

Con respecto a las crecientes complejidades que deberá afrontar en matemáticas, la ecuación es muy simple:

Si apenas sabe sumar y restar utilizando sus dedos, si no conoce más que una décima parte de las tablas de multiplicar y aun no se encuentra en condiciones de determinar en qué problemas debe usar tal o cual operación, es simple imaginar cual será el resultado de comprender conceptos como operaciones combinadas, potencias, raíces, números negativos, fraccionarios.

Por mencionar solo algunas de las dificultades, que se le presentaran, dando por sentado que las domina, cuando  a duras penas puede acertar el procedimiento correcto.

Por mucho que nos esforcemos, será imposible encontrar algún aspecto que motive a este alumno en su actividad escolar, rescatar alguna actividad en la que reciba la gratificación de comprender lo que se le pide, saber cómo resolverlo y obtener el resultado correcto.

En el hogar, es absurdo pensar que esté dispuesto a prolongar el tedio de su escuela, por lo que, muchas veces con la total anuencia de los padres, (solo necesitamos recrear la imagen de las cenas “familiares” todos frente al televisor, sin dialogo posible, rindiéndole culto a la mediocridad de turno) se sumerge en computadora, televisión, videojuegos, películas, cada vez menos deportes o cualquier otra actividad que le de distracción, lo aleje del agobio de sus días escolares, una pausa, hasta el siguiente día, cuando seguirá sacando improvisaciones de la galera, para sortear dificultades.

Los programas elaborados por las autoridades educativas, han conseguido, milagrosamente, que los alumnos rechacen como carente de atractivos la materia informática o computación, los padres no alcanzan a comprender a que se debe este desinterés por algo que en el hogar constituye una de las actividades que más atrae al joven.

Que exista esta materia, tal como hoy se la dicta, es tan absurdo como si una asignatura se llamara lápiz o bolígrafo o regla. La informática es un elemento más, un útil más, a ser aprovechado en el aprendizaje de nuevos conocimientos o la ejecución de tareas.

Para complicar un poco más esta sinrazón, los alumnos se dan cuenta de inmediato que la mayoría de los docentes no posee conocimientos elementales sobre la utilización de estos elementos de trabajo y muchas veces, por esta grave carencia, los descartan. Desaconsejan su uso a los alumnos, con pueriles excusas.

En la misma línea del absurdo se inscribe la potestad de cada docente sobre autorizar o no el uso de calculadoras, esgrimiendo el argumento de que se deben ejecutar los cálculos manualmente, como una forma de asegurarse que pueden realizarlos.